Una amiga misteriosa
Soñé que estaba en la casa de una compañera del colegio, parecía ser Katherine. Éramos cuatro amigas, de unos 11 o 12 años, y ella nos había invitado a su casa, que estaba en la playa o el campo. Nos llevó a una habitación con dos camas —o quizás camarotes— y nos dijo que, antes de quedarnos ahí, debíamos hacer un ritual. La casa había pertenecido a un señor mayor, un espíritu que aún la habitaba y que revisaba las habitaciones por las noches.
Una de mis amigas sabía exactamente qué hacer para evitar que ese ser nos encontrara. Me indicó que debía colocarme de una manera específica frente a la cama. Cada una de nosotras llevaba consigo una figura de angelito; yo tenía el mío, el que tengo actualmente, y lo dejé junto a mí en la cama, como todas las demás.
Cuando llegó el momento, el espíritu entró. Mi amiga me dijo que me pusiera al borde de la puerta, porque “ese lugar nunca lo toca”. Pero apenas me ubiqué ahí, fue lo primero que tocó. Me rozó las rodillas. Sintió mi presencia. No aguanté el miedo ni el desconcierto, así que lo enfrenté.
El sueño cambió.
Ahora estábamos en otra situación, de nuevo con mis amigas. Katherine nos había invitado esta vez a su casa en la ciudad. Era una casa grande, y estaba de cumpleaños. Aunque nos trataba bien, algo en nosotras sospechaba que escondía algo, así que decidimos escabullirnos de la fiesta sin que se diera cuenta y fuimos a revisar su habitación.
Allí encontramos un cuaderno antiguo, como un diario viejo. Había escritos extraños, dibujos, relatos sobre arqueología y huesos. Nos dimos cuenta de que Katherine no era quien decía ser. Robamos el diario y nos fuimos rápidamente, despidiéndonos sin revelar lo que sabíamos.
Entonces el sueño cambió otra vez.
Ahora estaba en una escuela, como si el tiempo hubiera pasado. Estábamos en la sala de clases con varios compañeros. Fui al baño, pero al intentar salir, la puerta se cerró sola. Y ahí estaba ella de nuevo: Katherine. Se veía mayor. Nosotras también habíamos crecido.
Estaba junto a su gato negro. Me miró con intensidad y me dijo que sabía que yo tenía algo suyo. Negué al principio, pero insistió: “Tienes mi libro”. Finalmente, lo admití, pero le respondí que no se lo devolvería hasta que me dejara en paz. Ella se negó, se enfureció. Entonces le advertí con firmeza:
—Si no me dejas tranquila… le haré daño a tu gato.
Se detuvo. Me miró con odio, con desesperación. El gato, en silencio, me observaba. Su figura, cada vez más oscura. En un instante, ella desapareció y se convirtió en un holograma proyectado en una pantalla. Aparecía junto a sus aliados, enojada, envejecida, consumida por la rabia. Le dije con voz firme y clara:
—Tú no puedes hacerme nada. Porque yo tengo algo que tú ya no tienes: juventud, energía, luz. Tú no puedes vencerme. No te tengo miedo.
Y justo en ese momento, me despertaron. Al parecer, estaba hablando en voz alta mientras soñaba.



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